Edema óseo

El tejido óseo representa la parte más importante del esqueleto, entre sus características resaltan su dureza, resistencia y elasticidad. Es una forma especializada de tejido conectivo denso, y se organiza en dos diferentes formas: tejido óseo compacto, que conforma las diáfisis de los huesos largos; y tejido óseo esponjoso, que forma las epífisis de los huesos largos, con la característica principal de presentar trabéculas óseas cuyos espacios huecos están ocupados por medula ósea.
El tejido óseo provee al esqueleto de su necesaria fortaleza para funcionar como sitio de inserción muscular, sostener el peso del cuerpo y actuar como protector de distintos órganos.
Se denomina edema óseo a todo proceso inflamatorio que involucre la medula ósea de los huesos esponjosos trabeculares. Este proceso inflamatorio es causado por la respuesta a una agresión q haya sufrido el hueso.
En el ámbito deportivo, las causas más comunes son los traumatismos tanto de compresión (traumatismo directo) o de distracción (tensión generada por un ligamento o tendón sobre el hueso), y también la acumulación de microtraumatismos repetidos (sobreuso) generados por una sobrecarga en el entrenamiento que puede estar combinada o no a una alteración postural que la predisponga. Estos traumatismos provocan la ruptura de la rabécula ósea, la cual genera una respuesta inflamatoria del tejido para repararlo y que es la causante del depósito de líquido en la zona afectada, provocando así el Edema.
El dolor en la zona ósea afectada, que es causado por el aumento de presión en el tejido trabecular, es el síntoma principal por el cual el paciente recurre a la consulta. Este dolor aumenta durante la actividad deportiva y, según el grado de severidad, continua en los momentos de reposo y hasta puede modificar las actividades de la vida diaria, dando así diferentes grados de impotencia funcional.
Por lo general el edema óseo suele producirse en huesos relacionados con la carga de peso, como sería el caso de un edema óseo en el astrágalo (hueso ubicado en la articulación del tobillo) o un metatarsiano; pero también pueden encontrarse en el escafoides carpiano (como producto de una caída con apoyo palmar) o en el piramidal (generado por una inestabilidad en la articulación de la muñeca bajo exigencia de un deporte como el tenis).
El edema óseo suele acompañarse de edema de partes blandas y derrame articular. El método clínico por excelencia para poder diagnosticar la presencia de edema óseo es la resonancia magnética nuclear, en STIR.
El tratamiento tendrá como objetivo principal la reabsorción del líquido acumulado en el hueso ya que la sola presencia del mismo puede llevar a patologías de peor pronóstico como fracturas u osteonecrosis (muerte de la zona implicada del hueso). El reposo de la actividad deportiva será la primera y la más importante de las intervenciones
terapéuticas, buscando siempre que la zona afectada no sufra presiones. Esto dependerá del hueso involucrado. En el caso del miembro inferior se prescribirá el uso de ortesis o ayuda marcha, que permitan q el paciente descargue el menor peso posible sobre la zona afectada
En el caso del miembro superior, se inmovilizará la zona afectada con una valva que impida el movimiento que generó el edema en un primer momento. Como terapéutica kinésica tendremos la aplicación de magnetoterapia, crioterapia, electroanalgesia, el suministro de antiinflamatorios y analgésicos mediante la iontoforesis.
Los tiempos de resolución de los edemas óseos son variables y dependen de muchos factores, pero, como regla general, no esperamos mejoras sintomatológicas considerables en menos de 4 semanas.
Es de vital importancia conocer el causante del edema en cada paciente. En el caso de un edema por sobreuso o sobrecarga habrá que insistir en la modificación del entrenamiento o gesto deportivo para minimizar de esta manera los factores de riesgo y evitar que el edema recidive.